HISTORIAS DE MIEDO PARA CONTAR EN LA OSCURIDAD de André Øvredal

HISTORIAS DE MIEDO PARA CONTAR EN LA OSCURIDAD [Scary Stories to Tell in the Dark] de André Øvredal

Las historias pueden herir. Las historias pueden curar. Y si las repites muchas veces, pueden volverse realidad.

Este es el punto de partida de la última película dirigida por André Ovredal y producida por Guillermo del Toro (quien aportó la idea de la película), y a priori, parece un tema interesante. La película nos habla de la fuerza de los relatos, de cómo pueden herir a las personas, como es el caso de la protagonista, y como un bulo puede convertirse en una realidad al transformar a las personas a través de la presión social. Este concepto será el hilo conductor de la película, que se basa en la leyenda local de Sara Bellows, una misteriosa niña que habitó un caserío abandonado a finales del siglo 19 y a la que se le atribuyen las muertes de varios niños del pueblo. Como si de una tétrica Sherezade se tratase, Sara es toda una experta en contar historias de miedo, con la peculiaridad de que las historias que escribe en si libro se convierten en realidad, con terribles consecuencias para sus protagonistas.

Una vez planteado el axioma de la película, podríamos pensar que seremos testigos de un relato bien construido, lleno de intriga y que nos permita liberar adrenalina. Sin embargo el espectador quedará decepcionado del primer minuto al último del film. Ovredal y Del Toro apoyan todo su relato en tópicos: desde la noche de halloween hasta la casa encantada, pasando por los clásicos campos de maíz americanos. Toda la película parece un refrito de películas de terror de serie B, empezando por los propios personajes: un grupo de adolescentes “freaks” que no encajan en el instituto perseguidos por el clásico matón. El escenario que utiliza es una mezcla de lugares comunes en los que Guillermo Del Toro se siente cómodo y que ya hemos visto en otras películas: la América de los años 60 (La forma del agua) o la casa encantada habitada de espíritus femeninos (La cumbre escarlata). Además, durante toda la película somos testigos de un trasfondo político, las elecciones y la victoria de Nixon, que no tiene absolutamente ninguna relevancia en el desarrollo de la trama.

En esta amalgama de tópicos, hasta para el espectador más inexperto sería posible adivinar el siguiente movimiento que realizará el film, puesto que sigue esquemas básicos de película de terror para adolescentes. Lo único remarcable son los monstruos: consiguen inquietar incluso al espectador adulto, pues parecen salidos de alguna pesadilla que no recordamos haber tenido. Sin embargo, la continua sensación de estar viendo una película para adolescentes junto a la predecible y manida atmósfera creada por el director, vuelve imposible meterse suficiente en el relato como para sentir el escalofrío del miedo que todos vamos buscando cuando vamos a ver una película etiquetada como “cine de terror”.

En conclusión (y teniendo en cuenta que la idea que vertebra el film es suya), está claro que el Guillermo del Toro que imaginó El laberinto del Fauno y consiguió combinar magistralmente la dureza de la posguerra y el mundo de la fantasía, hace tiempo que desapareció. En lo que respecta a Ovredal, se ha estrellado antes de ni siquiera conseguir despegar: su película, infantil y torpe, no levantaría ningún interés en las salas si no fuese porque el nombre de Guillermo Del Toro figura en el cartel. El espectador sale de la sala con una amarga ironía pellizcándole la mente: qué tristeza que una película que hable de la fuerza de los relatos sea tan floja y deje al espectador tan frío.

La puedes ver en…

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Aitana Martos

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