LA FAVORITA de Yorgos Lanthimos

LA FAVORITA [The Favourite] de Yorgos Lanthimos

En su ensayo sobre los entresijos de la política, Maquiavelo anunciaba una obligatoria separación entre gobierno y moral. Si el príncipe deseaba asir el poder, primero debía abandonar toda ética y sopesar cada opción con una lógica irrefutable. No soliviantar, pero tampoco conceder en exceso. Ser cordial, pero a la vez inclemente. Ser temido y amado a partes iguales, a fin de cuentas.

Bueno, claramente Maquiavelo era un optimista. Dentro de su visión pragmático-activista, creía firmemente que el poder siempre se basaba en adquirir un fin, sea este estatal, económico o judicial, bueno o malo. En su manual, abundaba el escepticismo ante la ostentación de un control y privilegios venidos de la mediocridad ajena a la lógica y a la conciencia social. Un regente debe tener un significado, un objetivo, no ha de, simplemente, ser. Pero el poder es un rapto colosal en el que hay rehenes que tratan de escapar, rehenes que tratan de abrirse paso a golpes y, en su mayoría, hay rehenes con mucho síndrome de Estocolmo.

El ser humano es impulsivo y ridículo. Y trágico. Y contra más privilegiado es, más ridículas son sus tragedias, más egoístas y alocadas. La estupidez guía las pulsiones, y las pulsiones tienen consecuencias tan terroríficas que un leve velo de humor incómodo sobrevuela las calamidades que producen. Mientras, presas temblorosas se refugian, tratando de parecer inmóviles, entre las garras de las bestias que pueden devorarlos sin esfuerzo aparente.

-"¿Estás aquí para tratar de seducirme o para violarme?"

-"¡Yo soy un caballero!"

-"Violación, entonces".

A principios del siglo XVIII, Inglaterra, junto a España, se encuentra disputando la Guerra de Sucesión contra los franceses Borbones. Ana Estuardo, Anne (Olivia Colman), es la primera reina de Gran Bretaña, relegada en la historia por su inestabilidad mental y sus muchos escándalos. Los asuntos de estado se encuentran en manos de Sarah Churchill (Rachel Weisz) y su marido, el Duque de Marlborough. Una nueva sirvienta, Abigail Hill (Emma Stone), llega a palacio con el objetivo de volver a ocupar una posición social preminente. Abigail comenzará a ganarse, poco a poco, el favor de la reina.

La mirada de Lanthimos traspasa sin tapujos nuestro traje de persona para observar al animal que subyace. En su filmografía, los animales han actuado como sustituto del ser amado, de sus características, del deseo de su protagonista de poseer y controlar las moléculas de personalidades que nunca les fueron ofrecidas. El pato Horacio -el más veloz de la ciudad-, los pájaros a los que tirotear y la obsesión de la reina por los conejos como algo sagrado -y con razón-, son ejemplos que postulan al animal como motor de la historia, hasta que se transforma en la propia historia metaforizando a los personajes.

Construyendo la extravagancia más imponente de su carrera como director, Lanthimos sigue fiel a sus principios. Pese a no ser ya guionista -el trabajo recae en Deborah Davis y Tony McNamara-, representa un falso drama de época mediante toques de hiperrealidad, sátira y caricatura para pasar de largo la precisión histórica que, evidentemente, ni su historia ni nosotros requerimos. Pura dramaturgia adornada con una puesta en escena de infarto y, en concreto, un diseño de vestuario, a cargo de Sandy Powell, que hace caer pelucas y provoca infartos. Sin embargo, la curiosa meta que se impone el director, aun atrayéndonos con elementos técnicos tan luminosos, es alejarnos de la historia; poner una barrera que nos sitúe emocional y visualmente lejos del núcleo central de las cosas. El abundante uso del gran angular y el ojo de pez nos convierte en retorcidos voyeurs. Nuestro papel es analizar y procesar, petrificados ante un relato ambiguo de juegos de palacio y de caprichos fugaces. Con mínima empatía. Justo en el centro de los tres vértices. Sin favoritos.

La confusión moral viene determinada por la abyección de unos personajes, cuando no malcriados, completamente pérfidos. Su imprecisión histórica y esos delirios marca de la casa universalizan el contexto con gran contundencia. Esta corte es el epítome de cualquier corte. La gracia, lo hilarante, es que en ninguna de ellas es fácil encontrar personas decentes. En la propia película sólo hay una que lo parezca, e igualmente pretende cometer actos despreciables como justificación a la defensa de su nación. Pero lo cierto es que la política no es más que, al fin y al cabo, una subtrama, un paisaje móvil en un intercambio de pasiones y supervivencias donde tres mujeres rigen un país como efecto colateral de devaneos amorosos y dramas personales. Se contempla como un experimento. Continuando la metáfora, como cobayas atrapadas en el laberinto de sus propias ambiciones y algo más. Ese algo es la inevitabilidad de sus circunstancias, expuestas al constructo social estamental y patriarcal como podríamos estarlo nosotros al neoliberal y, otra vez también, al patriarcal. Por ello me parecen absurdos los comentarios que la tachan de panfleto machista. Como expresó Margaret Atwood, el feminismo trata sobre igualar nuestra humanidad, pero eso no implica que esta no esté exenta de corrupciones. Así, más que ante un panfleto, estamos ante un manifiesto de denuncia. La apariencia retorcida de cada mentira, de cada traición y envenenamiento, esconde la única finalidad de subsistir en un mundo de hombres. Porque ellos pueden ser expuestos y puestos en entredicho, pueden caer en desgracia y perder sus ventajas, pero desde luego no existen las mismas posibilidades de ser violados, vejados, prostituidos y muertos con tanta facilidad. No son tan desechables. Gozan de una posición social mucho más firme y accesible. Ellas tienen que escalar y atender al filo que oprime su espalda a cada paso. El más leve desliz y están fuera del sistema. Condenadas. Su situación es tan precaria que pueden ser golpeadas, arrojadas al barro, poseídas e incluso grotescamente observadas.

Y la cosa no acaba ahí, encima atendemos a un relato en que los señores que constituyen la oposición, el sector moderado que tanto luchan por proteger al ciudadano y salvaguardar la paz y la economía del país, se entretienen en derrochar dinero arrojando hortalizas y frutas contra un pobre bufón mientras su pueblo muere de hambre. Ellas son pérfidas y ellos son héroes, aunque lo vean todo a modo de juego. Sin embargo, requieren con avidez una figura femenina para ser conducidos. No hay mayor fantasía freudiana.

Con todo, sólo hay lugar para que una recorra los intricados pasadizos secretos y las estancias apagadas de un palacio ostentoso; aquí comienza la guerra entre la ventajista y la oligarca. En este entorno, es inevitable que la primera arma sea, cómo no, el sexo. Lanthimos entiende el sexo como primera herramienta, como socialización primaria, como primaria disociación. La que más dispone de él, para sorpresa de nadie, es la histérica y pueril reina; cuyos arrebatos de locura -bendito sea el gag de gritar al pobre sirviente-, sólo son calmados mediante rituales físicos y de sumisión. Aquí nos compadecemos, al menos en un principio, de las dos fuertes mujeres a las que les toca resistir los embates de la caprichosa autoridad.

Sarah, fría, cortante, sarcástica, autoritaria y capaz de cualquier cosa por mantener su estatus y llevar lejos a su país aunque esto suponga ahogar en impuestos a la gente corriente para sustentar una guerra absurda de vanidades, compite con la fascinante y camaleónica Abigail, cuyo metodismo, paciencia, resistencia y el maligno uso que hace de su superioridad cuando la obtiene, entierra su verdadera personalidad en una adivinanza lejos de ser resuelta a partir de sus propósitos, a veces impulsivos e infantiles. Esta lucha sin cuartel únicamente termina cuando el afecto y las emociones toman el terreno de juego. Pero de todas maneras, ambas estaban perdidas de antemano.

En efecto, la reina Anne es triste, es ridícula, es un títere, pero también es consciente de su supremacía. Al final, todo complejo y toda tragedia queda enterrado por el control. Porque hay límites para el amor y para la persona, pero nunca para los derechos de los más privilegiados. Hay quien, abusando de sus iguales y emulando a sus superiores, se cree que está en lo más alto antes de ser conscientes de que la cabeza que esta bajo su bota no es más que una emulación de ellos mismos.

Somos desechables, nada más que conejos enjaulados en una prisión dorada.

'La Favorita' es toda una montaña rusa de emociones. No es sólo una película mordaz, deslenguada, inteligente y divertidísima, es también un relato estremecedor sobre la forma en que nuestra sociedad se encuentra erigida.

En ocasiones, se puede decir que el sólido guión se ve un poco obstaculizado por la necesidad de atención y de remarcar la impronta de su director. La suerte es que todo defecto es suplido mediante la entrega de sus intérpretes, a las que es imposible comentar por separado dado que son tan complementarias como brillantes, y sería hacerles un flaco favor. Sí diré, sin embargo, que para mí quien se lleva la palma es Emma Stone y su impensable gama de registros. Pese a ello, ojalá existiera el Óscar por triplicado. Tampoco estaría de más un poco de justicia para el genial Nicholas Hoult, todo sea dicho.

En Definitiva, 'The Favourite' es situación, oportunidad, predeterminación. Destino, si así se quiere llamar. Suerte, mejor dicho. Una crítica al poder, una voz a los sirvientes y prostitutas y mujeres vejadas cuyo único control es el ejercido mediante su cuerpo y el ridículo. Mujeres que se creen lobos, hombres libres de violarlas pero no de controlarlas y todos en realidad siendo meras alimañas al lado de una gran pastora.

Espectacular es poco.

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