SILVIO (Y LOS OTROS) de Paolo Sorrentino

Silvio cartel

SILVIO (Y LOS OTROS) [Loro: International Cut] de Paolo Sorrentino

Una ovejita blanca, adorable, inocente, tierna, pasea por un prado verde, con sus frágiles patitas avanza hasta un caserío, una casa enorme, más bien una mansión, dentro de una finca ostentosa. La oveja no pasea por un prado libre. La oveja no pasta junto a su rebaño. La oveja entra en la casa. Un televisor de infinitas pulgadas, un presentador de un concurso “cultural”, una azafata que solo sonríe y mueve su suntuoso cuerpo hacia la cámara. Un aire acondicionado que baja su temperatura gradual y mortalmente, 4 grados, 3 grados, 2 grados, 1 grado… y la oveja, adorable, inocente, tierna y toda blanca y frágil cae al suelo como si fuese un juguete que han desestabilizado. Silvio (y los otros).

Todos conocemos las hazañas, narradas siempre por la prensa, de Il Cavaliere, el infinito Primer Ministro italiano que aunque a día de hoy esté más apartado de los focos, sigue a sus pequeños discípulos desde las sombras mientras deja respirar a su pueblo tranquilamente, para que se olviden de sus asuntos pendientes con la justicia y así volver, recordad, más pronto que tarde a la primera línea de la política. No hace falta ser un gran politólogo para saber lo que Berlusconi tiene en mente. Pero sí hace falta ser un gran director de cine para haber producido tal fantasía con más trazos de realidad que de ficción, exhibiendo el hedonismo rococó de “Loro”. Sorrentino.

Silvio

La cinta refleja uno de los momentos más complicados en la carrera política de Il Cavaliere, echado del gobierno y con varios frentes judiciales abiertos, Berlusconi trata de mantenerse al margen mientras trama su vuelta a los ruedos. Mientras tanto, Sergio Morra, un empresario que busca dar un paso más allá en sus negocios, tratará de llamar la atención del político para que le ayude en sus planes de futuro.

Si en “La Gran Belleza” Paolo retrataba una Roma barroca y pasional a lomos del espíritu de Fellini, en “Silvio” el espíritu es Sorrentino mismo, con sombras fellinianas, imposibles de negar, pero con un marcado estilo kitsch, hortera, pero genial, que consigue atraer, con su peculiar estética, a todo aquel que pose su mirada en la pantalla. Hipnótica.

Esa misma estética hipnótica se consigue gracias al trabajo del director de fotografía Luca Bigazzi, con el que Sorrentino trabaja habitualmente. Bigazzi ha asignado a “Loro” escenas con apariencia de videoclip, cámaras lentas, planos detalle, coreografías de cuerpos semidesnudos al son de las drogas y a ritmo del frenesí, pero también ha sabido proporcionar al film la seriedad ineludible con planos totalmente contrapuestos, del “horror vacui” de las fiestas al cuadro vacío de un líder venido a menos. Todo esto unido a una paleta de colores frecuente en los trabajos de estos dos genios, donde, otra vez la contraposición de colores, luces y sombras dan el carácter propicio a la imagen, llegando a ser, cada plano, un lienzo digno del mismísimo Caravaggio, una obra maestra.

Llena de metáforas y personificaciones de la inmoralidad y la desfachatez, con un guion inteligente, oscuro y genuino, Sorrentino dota a la figura de Silvio con una sinvergonzonería y obscenidad tan transparentes que la naturalidad acompaña al personaje durante toda la proyección. Para dar vida a Il Cavaliere, el director a contado con el fascinante trabajo de Toni Servillo, que ya lo acompañó en La Gran Belleza y esta vez, irreconocible y deslumbrante consigue que el espectador se crea que está viendo al político milanés nacido en el 36, a sus injertos capilares, a su bótox, a sí mismo en estado puro acompañado de sus velinas, su explicación de la verdad, según como la interpretes, la posverdad, el rey del hedonismo, el siervo del altruismo. Servillo es Silvio y los otros, son las otras.

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Maia Roig

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