NO DEJES RASTRO de Debra Granik

no dejes rastro

NO DEJES RASTRO [Leave No Trace] de Debra Granik

En esta era de positivismo y ponernos en la piel del otro mediante un conocimiento previo del todo superficial, no se tiende a pensar en que haya traumas insuperables para los demás. Sucesos, ideas y pesadillas tan dentro de la carne que esta se ha corrompido y ha debido endurecerse y erigir una coraza de inadaptación para detener la pobredumbre. El ser se encuentra tan frágil que necesita de vías de escape aleatorias para poder mantener, al menos, sus principios. No queriendo fracturarse y generar un daño importante hacia los demás, incoscientemente, como un uroboros, se daña a sí mismo; y por sucesión contradictoria, a quienes le aman.

Porque no siempre es tan fácil querer a alguien con la suficiente fuerza como para afrontar la reconstrucción de lo que está roto. La tristeza llama a la tristeza, y se convierte en adicción. El daño, el dolor tan intenso y omnipresente que no permite volver atrás. Entonces, la oscuridad se lo traga todo. El futuro desaparece. Transmutan los fantasmas. Desaparecen las huellas.

No dejes rastro

Will (Ben Foster) y Tom (Thomasin McKenzie), su hija de 13 años, llevan viviendo aislados en el parque nacional de Portland, Oregón, durante diez años. De manera casi autosuficiente, viven un tranquila rutina que se ve rota por la intervención de la policía, que les detiene y pretende integrarlos de nuevo en la sociedad.

Debra Granik, célebre directora de 'Winter's Bone' (2010) y 'Down to the Bone' (2004), regresa cuatro años después de su última película -en realidad un documental- para seguir explorando, con una visión cristalina ajena a florituras, el medio rural estadounidense. Pero, pese a que su labor siempre ha transitado historias de brega y pobreza, esta última película es más un drama de personajes y sus disyuntivas que una denuncia social plena. En el epicentro de dos caracteres, la puesta en escena deja de lado el preciosismo formal y hace pivotar la naturaleza alrededor de sus protagonistas, y no al contrario. Aun sabiendo aprovechar las localizaciones -El director de fotografía, Michael McDonough, es un tipo solvente-, la cinta prefiere suspender la contemplación sobre los rostros y gestos de una pareja extraviada en los afluentes de la existencia. Sólo se digna a contemplar el paisaje cuando este resalta la disposición en la que se encuentran los personajes. Como las telarañas que constriñen el proceder de la araña; el majestuoso caballo condenado a la cuadra; el bosque acaeciendo en una ciudad gris y hormigonada; o la última aparición de otra telaraña, esta vez irisada y resquebrajada, atrapando el sol.

Desde la lenta introspección en los surcos de la conciencia de un padre y su hija, somos testigos de una cimentación dosificada de sus personalidades. El padre, Will -nombre muy significativo traduciéndose en inglés como "voluntad"-, es un hombre con una esposa ausente y un pasado lastimoso. Los entresijos de sus vivencias dan forma a los delirios que le acechan cada noche y dejan sus días a la espera de una nueva pesadilla. El bosque y la ausencia de otras personas, de un hogar al que pertenecer y por tanto revivir tiempos anteriores a su condición, permiten mantener en equilibrio la angustia irrefrenable que le atenaza. Empezar de cero significaría renegar del dolor y el coste pagado por ser quien es. En la naturaleza siente la paz y tranquilidad de sustentarse a través del esfuerzo personal. Una vía pacífica para proteger y protegerse del mundo real -o artificial, depende de la perspectiva-. El problema de todo esto es que no está solo. Will tiene una hija a la que criar y, este entorno, aunque utópico en apariencia, no es nada idílico, ni la película se esfuerza en retratarlo de esa manera.

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Granik se propone manifestar un estilo de vida y la narración sin edulcorantes de una familia rota desde una posición absolutamente apolítica. Cualquier justificación ideológica queda fuera de la ecuación, lo que resulta todo un reto en una película de estas características, y más teniendo en cuenta que mantiene la seriedad y buen tipo durante todo el metraje, sin recurrir una sola vez a la controversia. Gracias a esto, tenemos la oportunidad de ver una sociedad alejada de la lucha de clases y carente de doctrinas enfrentadas. Es más, todas y cada una de las personas que Will y Tom encuentran en su viaje tratan de ayudarles y se comportan de forma altruista para integrarlos en la comunidad. La agente del estado que les encuentra donde establecerse; el chico del vecindario que no sabe si será granjero; el camionero anónimo que se cruzan en la carretera; los habitantes medio hippies del parque de caravanas con su amable señora de las abejas y una lección importante sobre vivir y dejar vivir: "Las abejas no quieren dañarte, porque se dañan a sí mismas". Así, sin suponerlo, esto se convierte en un mensaje antibelicista y expone una visión optimista de la condición humana sin buscar culpables de ningún tipo, admirando las virtudes de compasión y amor de las personas.

Es esta noción de bondad lo que hace replantearse a Tom el divagar junto a su padre, huyendo de todo y nada. El conflicto entre los dos entra en ebullición cuando ella trata de entender lo tóxico de su relación. Durante su vuelta de los bosques, ya en la civilización, Will tranquiliza a a su hija diciendo: "Todavía podemos pensar lo que queramos", pero lo cierto es que en lo bienintencionado de la actitud de las personas que se esfuerzan por integrarlos, subyace un patrón de intransigencia, de falta de compresión y verdad absoluta. Lo que hacéis está mal. Para vivir correctamente tenéis que ser como nosotros. Trabajo. Escuela. Iglesia. Televisión. Eso es lo que se supone que debe marcar el calendario de cualquier individuo normal. Pero claro, esta asfixia es la asfixia de Will. Cuando Tom responde a la desesperación de Will con la misma frase, queda expuesta la cruel ironía de una hija que no ha tenido la posibilidad de germinar un pensamiento propio. El temor a la falta de comprensión que tiene sobre su padre, no hace sino agrandarse. Se sabe sin futuro o una identidad clara. ¿Es posible y sólo posible que ella sí se adapte a una rutina normal? ¿Puede querer un hogar físico al que volver?

Ben Foster encarna, una vez más, a un personaje duro y psicológicamente maltratado. Esto, por supuesto, no resta valor a lo increíble de su desempeño. Will es un hombre terco, cortante como el filo de una navaja y que parece tener cualquier situación bajo control; pero a la vez es una persona frágil y cargada de amor por su familia y por la naturaleza. Excavando tras primeras impresiones, es inevitable sorprenderse ante los ademanes respetuosos que exhibe, dada la dificultad para relacionarse con los demás. Foster trabaja una personalidad tan potente, que diríamos que este es uno de esos papeles que marcan carrera si no fuera por la cantidad de actuaciones sublimes que pueblan su filmografía.

Por otro lado, el verdadero espíritu del film recae sobre Thomasin McKenzie en su papel de Tom, principalmente por lo inesperado de su talento, pero también por cantidad de matices. En ella vemos un sosiego y una naturalidad que parecen directamente extraídos de una experiencia real en el bosque. Quiero decir, literalmente lo parece. McKenzie expresa a la perfección la desorientación de un personaje, a pesar de todo, de una fortaleza admirable, y la curiosidad por un mundo al que está empezando a pertenecer, además de la ilimitada adoración que siente por su padre.

Por poner pegas, la historia de Will y Tom no siempre mantiene el interés. En su primera mitad acusa de un ritmo muy irregular y contraproducente, separando excesivamente las interacciones entre los dos protagonistas. Sin embargo, cuando estos se unen, en esa quietud a ratos bellísima a ratos turbadora, nos encontramos con una obra poderosa y reflexiva en varios ámbitos. La emoción siempre se siente contenida, y a la vez anónima. Hay una amarga sensación de intromisión por nuestra parte, y, al mismo tiempo, parece un privilegio estar tan cerca de un relato tan íntimo. Algo simple, que se pierde como un suspiro en la inabarcable unión de todas las cosas. Recuerda a la vieja paradoja del árbol que hará o no ruido si nadie lo escucha caer. Cuántas aventuras como esta, tan reales, tan conmovedoras, se perderán sin que nadie jamás sea testigo.

La película alcanza este efecto de pretensiones globales gracias, sobre todo, a su honestidad. Obvia el acercamiento snob de propuestas similares y repudia el diálogo solemne y grandilocuente. Y es que hay pocos modos mejores que la sencillez para expresar lo que significa no sólo ser padre, sino también formar parte del mundo. Se trata de estar orgulloso de un hijo a pesar de no estarlo de uno mismo. De aceptar, aun con la tristeza que esto conlleva, que a veces se puede ser la mayor flaqueza de los demás. De reconocer la verdadera paz en la concordia y en la conexión con la naturaleza, empezando por admitir la capacidad curativa de los animales. Recordar que, aunque a veces sea irremediable perdernos en el abismo para no dañar a quienes amamos, siempre quedará el hilo del amor y la concordia del resto para señalar nuestro regreso y atar nuestras esperanzas. Que a veces es necesario que cerremos la puerta, pero también que sepamos que habrá otros que pondrán el pie para que nunca lo hagamos del todo. Todos tenemos límites a lo que podemos dar, pero jamás a lo que podemos recibir a cambio, como el calor redentor de un hogar ajeno perdido en mitad de la espesura.

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