EL REVERENDO de Paul Schrader

El reverendo

EL REVERENDO [First Reformed] de Paul Schrader

Cada centuria ha vivido su particular apocalipsis. Cada época se ha creído avocada al desastre con la pérdida de símbolos que creían esenciales para la subsistencia. Factores morales y representativos pero no sustanciales. De un tiempo a esta parte, estas consignas escritas a sangre en la piel de nuestra sociedad van en alarmante detrimento del progreso; e incluso estamos viviendo un particular retroceso, ese sí, bastante preocupante. Pero tachar de calamitosos estos vaivenes sociales, mera partícula histórica en el tiempo, sería hipócrita por nuestra parte. Porque en realidad puede que este sea el apocalipsis definitivo. Un final panorámico que lleva siendo visible desde principios del siglo pasado. Porque sabemos que hay una capa de Ozono en el cielo. Y está agonizando.

Tal vez, aunque no prestemos la necesaria atención, seamos perpetuamente conscientes. Tal vez, por eso, y por la tan malograda libertad que gozamos, estamos realmente exaltados con cosas que no son nada novedosas. Estamos furiosos contra el sistema, contra el capitalismo tentacular que emponzoña el futuro, que paraliza la juventud y desvanece el pasado. No sólo se ha perdido la fe en lo divino, sino que esta asfixia tan rayana al cataclismo ha hundido en gran medida la fe que teníamos en nosotros mismos. Y aunque nos neguemos a emparentar nuestras vidas con los que piensan y viven diferente a nosotros, este futuro, a la vez tan cíclico y tan definitivo, es algo que no escapa a nadie. Ni a ti, ni a mí, ni a un pobre reverendo en el norte del estado de Nueva York.

En tiempos de apatía y falta de solidaridad, el director, Paul Schrader, nos hace empatizar con una figura harto repudiada: la del sacerdote.

Erns Toller, un pastor evangélico (Ethan Hawke en el mejor papel de su carrera), tiene un encuentro con una joven pareja de activistas (Amanda Seyfried) que radicaliza su ideología y le hace cuestionarse su lugar en las cosas. Cargando con los errores de su pasado, y un par de problemas adicionales, tendrá que lidiar con la responsabilidad de dirigir una pequeña iglesia.

First Reformed

Paul Schrader saltó a la fama como guionista de películas tan prestigiosas como 'Taxi Driver' o, más tarde, 'Toro Salvaje'. Tras ese primer éxito de masas, pasaría a la dirección con una filmografía un tanto irregular y experimental si bien siempre interesante. Ya superada la tempestad de esa locura suya que fue 'Dog Eat Dog', el veterano guionista y director vuelve con una historia que retrotrae a sus orígenes, aquellos formados por una amalgama de personajes cuyo hilo conductor era una lucha sin cuartel contra una maldad atávica que impregnaba tanto la sociedad y la historia como lo más recóndito de sus propias almas. Señores sorprendentemente predispuestos al sacrificio que yace en su abatimiento, férreos en la purga del fuego con fuego.

Si bien es cierto que contando con tales precedentes era difícil concebir que el director pudiera nutrir a un nuevo relato de todavía más saña y virulencia que en el pasado, parece ser que está en plena forma. Carente de sutileza pero nunca de contundencia, Schrader vuelve junto a sus más personales reflexiones y malestares para dar lugar a una obra cumbre, un clásico instantáneo, un delirio malsano y doloroso cuando es real, y del todo desubicante cuando se torna ecléctico.

Parte película espiritual, parte manifiesto de denuncia, la película se mueve en clasificaciones muy ambiguas. Si acaso es, sobre todo, una tajante carta de odio a la sociedad americana y sus convenciones; y, sí, maldita sea, al mundo entero. La arquitectura del sueño americano es hecha añicos para destapar los mayores males de la sociedad habitualmente enarbolados como virtudes. Una patria fútil, cuyas fronteras han de difuminarse. Guerras absurdas que sólo causan pesar. Fe desvanecida y mucho menos significante que el propio individuo. El individuo y sus circunstancias por encima de Dios o de cualquier preocupación que ataña a este.

Los interrogantes morales de los maestros Ingmar Bergman -'Los Comulgantes'- y Robert Bresson -'Diario de un Cura Rural'-, se ven modernizados desde un retoque a su exposición y puesta en escena. Un refinamiento que proviene en mayor parte de nuestro contexto, medio propicio para relatar una desesperación y angustia diferente a la del dogma cristiano, menos personal y más pública, más alarmante. Por eso ya no hablamos de fe, sino que también hay un factor muy social de deslocalización, de no saber dónde pisar tierra por si esta se quiebra o se funde a nuestros pies. Lo vemos en largos planos fijos y muy sostenidos, detalladamente recogidos por una cámara glacial a la que le gusta sostenerse en las mayores expresiones de angustia posibles. Lo vemos de forma progresiva, desde las entrañas de la conciencia del individuo que abandona su zona oscura para enfrentarse a lo público. Vemos a la persona contra el estado, contra lo gubernamental, contra el mundo y el poder que no se detiene.

first refomed

En esta clase de producciones -protagonizadas por un sacerdote- lo normal es esperarnos la clásica dicotomía sobre la existencia de Dios. ¿Existe o no existe? En este caso, el agnosticismo deja paso a otra serie de claves. La realidad es la que se quiebra, la vida es lo que se cuestiona. El planeta no es más que el reverendo, marchitándose progresivamente. Cáncer. Nosotros. Alcoholismo. Polución. Vejez. Pasado. En todo caso, la esperanza como la última frontera del todo.

Y es que parece que todo se encuentra emponzoñado, incluso, ante la sorpresa del cristiano, la propia sagrada institución. Con el tiempo esta ha sido convertida en franquicia y almacén de fe barata y pirotécnica, en espectáculo tecnológico de largos pasillos inmaculados y fríos, con buffet incluido. Santuarios como los de la Primera Reforma -la iglesia que él mismo dirige- se encuentran despojados de feligreses, transformados en habitáculos enmarcados como museos junto a viejos dinosaurios inadaptados a la nueva corriente para resguardarlos y cumplir con el programa de visitas guiadas. La malévola sombra empresarial lo devora todo. El Diablo se encuentra en el poder y le arrebata la voz y el voto al protagonista, que no es más que nosotros con los ojos abiertos y sus propios dramas, aprisionado por escenarios blancos, plomizos y geométricos, asépticos como contrapunto al caos de su hogar y el de los activistas, representantes del caos marginal.

First Reformed

Asfixiado por la falta de expresión, de notoriedad y por el mismo espacio, todavía ha de chocar con los jóvenes cristianos que, con mayor libertad de acción y pensamiento, se consagran a una religiosidad autodidacta. Ellos mismos conforman su devoción. Y cómo no, en una época de nacionalismos, degradaciones y resurgir de intolerancias, la entremezclan con una efigie patriótica que no acepta réplica y favorece la anulación de su trabajo. En una breve y significativa escena, contemplamos la misma furia y desesperación en el desencanto de jóvenes que han de cargar con los errores de sus predecesores. Ya sea con la precariedad, el medioambiente o un respeto exigido que no creen merecido. En este particular universo, nada alejado del nuestro, parece que el amor ha sido sustituido por un resentimiento omnipresente.

Para purgar su dolor, el reverendo Toller hace de sí mismo un mártir constante, sometiéndose en cuerpo y alma a diferentes cargas tanto terrenales como espirituales. La última a la que habrá de postrarse es a la de otro. La extenuación vital le empuje a dejar de depender de sí mismo y de sus creencias para, por un breve aunque determinante lapso, vivir las de otra persona, persona que ha removido su conciencia y ha sacudido los pilares de su pensamiento, que ha hecho dividir y fragmentar las endebles grietas de su psique.

En un marco de absoluta desesperanza, Toller da palos de ciego para llegar a su redención, la que piensa que ha de ser a través de la ira divina. Hasta que, lejos de toda propaganda, cae el telón y la función se descubre como una obra sin figurantes. Ante el horror del silencio de Dios y la multiplicación de nuestras preguntas, de nuestra falta de control ante el poder, ante la corrupción y la muerte, lo único que queda somos nosotros y aquello a lo que amamos. Que Dios está en el amor sincero, neto. Que la aflicción, el remordimiento, la duda, nuestras fragilidades y suplicios son billetes que hay que pagar para llegar al que es, ni más ni menos, el verdadero cielo: un beso muy largo con la persona amada.

Entonces, ¿seremos capaces de perdonarnos?

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