VENGADORES: INFINITY WAR de Anthony y Joe Russo

VENGADORES: INFINITY WAR [Avengers: Infinity War] de Anthony y Joe Russo

A estas alturas me pregunto si existirá alguien que no haya visto 'Infinity War'. Para los más despistados, aviso de que a continuación pueden leer unos cuantos spoilers no muy explícitos pero sí bastante reveladores.

"Para la mayoría de los hombres la guerra es el fin de la soledad. Para mí es la soledad infinita". 

-Albert Camus.

Como diría Jake Gyllenhaal -lo dijo-, todos formamos parte del universo cinemático de Marvel, lo queramos o no. El, hasta la fecha, estreno más exitoso de la historia llegó hace dos meses arrasando con todo a su paso, poniendo principio al fin de una trayectoria que, también queramos o no, ha cambiado el cine y el sentido del espectáculo tal y como lo conocíamos. El evento cinematográfico más colosal, ambicioso y publicitario que el mundo ha experimentado -sin el permiso de James Cameron-, ha obtenido una repercusión tan considerable que no sólo no ha sido olvidado a los dos días -como suele ocurrir con gran parte de los acontecimientos mediáticos actuales-, sino que su estela ha seguido impresa en estos dos meses posteriores hasta el punto de que, a día de hoy, los espectadores continúan discutiendo sobre el futuro de la franquicia, teorizando y, sobre todo, rescatando momentos de las otras películas del MCU que la preceden.

Pero el verdadero boom, cómo no, se dio en los días que antecedían y sucedían a su estreno. La barrera interpuesta por los prejuicios y la edad entre jóvenes, ancianos o adultos hechos y derechos se diluyó haciendo a todos partícipes, directa o indirectamente, en la discusión. Y la discusión, a día de hoy, ha versado sobre hechos, sobre subjetividad y objetividad, y ha estado formada por aduladores y detractores, prácticamente clichés, que nos han aleccionado desde las redes sociales, desde bares, aulas, calles, colas y hasta escuelas de mimos. Nos han vuelto a explicar lo que es el cine, lo que ha de gustarnos y lo que no. Lo que nos hace inteligentes o lo que nos hace vástagos de la moneda, de la maquinaria metropolitana. Pero también han reído con nosotros, se han emocionado y han compartido, por unos instantes, el estupor propio de los niños.

Pocas veces en la historia del cine nada ha afectado de forma tan masiva, tan empática, apática y antipática. Confío en que volveremos a ver algo igual en unos cuantos años; el caso es, ¿podrá no volver a estar implicada Marvel? Lo dudo.

SINOPSIS: El enemigo en la sombra de Los Vengadores, conocido como Thanos, ha surgido finalmente como poseedor del Guantelete del Infinito, un artefacto capaz de controlar las llamadas Gemas del Infinito: seis recipientes dispersos que contienen la esencia misma de la creación. Una vez unidas y utilizadas, las gemas confieren a su portador un poder ilimitado. La fuerza imparable del conquistador Thanos choca con la última línea de defensa del universo conocido trazada por los Vengadores y el resto de superhéroes, que habrán de dejar de lado sus diferencias y unir fuerzas para vencer al enemigo común y evitar la devastación total -o casi total-.

infinity war

Con 'Infinity War' estamos ante algo sencillamente extraordinario. La implosión de un género autoconstituido como tal diez años atrás posee esa cualidad de evento tan inestimable que acaba tornándose, incluso dentro de su propio universo, en inclasificable. Sí, puede que hayamos disfrutado más de las aventuras de Guardianes de la Galaxia o de la desternillante odisea de Thor en solitario, pero de ninguna manera seríamos capaces de formar un podio o de situar en una escala numérica a 'Infinity War', porque 'Infinity War' está no en otro nivel, sino en un espacio totalmente genuino e indeterminado donde los estándares clásicos no son aplicables -al menos no hasta cierto punto-.

Todo se lo debemos al hombre de la gorra, al cerebro y a la determinación de Kevin Feige -el tipo que pedía a gritos más laca para el pelo de Lobezno en la primera de X-Men-, jefe de producción del estudio y pilar principal del multiverso marvelita. Esta película es la traducción de una vida de sueños y trabajo duro por parte de Feige, y es asimismo, la prueba irrefutable de que Disney, como ya demostró con 'The Last Jedi', no es sólo una malvada empresa cuya única -que no principal- meta es recaudar ingentes cantidades de dinero.

En su primera etapa, confiaron en el planteamiento vanguardista de Feige en relación al blockbuster, permitiendo a este retorcer el término y dotarlo del espíritu de los cómics, serializando y convirtiendo las películas en fascículos que eyectasen directamente a sus personajes de una entrega a la siguiente, lo que le valió para moldear el cine y tender un puente en plena brecha generacional, alterando a su vez la cultura pop para siempre. En esta tesitura, la empresa dio aún más libertad creativa al creativo para, ya que tenía el beneplácito de los fans incondicionales y del público mayoritario, apostar férreamente por una maquinaria evolutiva que acabase por refinar cada nueva entrega y defender férreamente la reivindicación de los valores progresistas, dando un paso adelante en la complejidad y, dentro de lo que cabe, optando por una vista más autoral que le permitiese, más que conectar con el público, anclarse a él.

Esto nos lleva, tras un largo recorrido, a 'Infinity War', donde se produce un prodigio de la macro-dirección y la escritura con el complejo propósito de que cada pieza encaje en su sitio dentro del esqueleto plagado de engranajes de Disney. Y, en este caso particular, lo hace imponiendo como clave central un debate filosófico de altura, donde la información no se sobreexpone para mostrar total confianza en la inteligencia del espectador o, al menos, dando lugar a una inquieta reflexión.

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Pero, vayamos por partes. Lo primero es elogiar, en su justa medida, a los valientes hermanos Russo, que junto al resto de directores de las cintas de Marvel han trabajado y vuelto a trabajar para instaurar una cohesión adecuada al conjunto. La película aúna las motivaciones de cada personaje y no sitúa en contradicho ninguna de las tramas que se han desarrollado anteriormente. En esta escala de bestialidad, no hay un solo traspiés, no hay un solo momento en el que la acción, los personajes y sus causas escapen al exhaustivo control inventivo. Cuantas más veces se revisiona, más patente queda que lo que en principio podría chirriar a cualquier espectador, una vez meditado, no son más que puras quimeras.

Los Russo subliman la dirección por encargo y dan auténticas lecciones de dinamismo en contextos digitales. La cámara se muestra límpida en el seguimiento de la acción, exhibiendo una cierta magia en esa realización capaz de descomponer y corromper a base de bien la cinematografía comprendida para después coger esos pedazos y crear algo parecido pero totalmente nuevo donde la correcta labor se convierte en un arte igual de sorprendente. Si bien es cierto que dentro de su perspectiva corporativista acusa de, relativamente, importantes fallos en la puesta en escena, esta es una película de personajes, en la que lo que importa es el viaje y no los destinos. Y es bajo esa idea donde este Goliat del espectáculo encuentra su razón de ser. La exhibición se encuentra intrínsecamente encadenada a lo personal, a ínfimos detalles donde el intimismo es el protagonista, en los que cada gesto, cada frase, cada personalidad entrelazada con otras tan chocantes como inesperadas, pone de manifiesto que aquí lo importante está, en su mayor parte, en el corazón. Por eso se persigue con tanto ahínco la trayectoria de cada puño al aire, con el objetivo de detenerse en infinidad de primeros planos para sopesar las reacciones a cada golpe propinado y recibido, para encerrarnos en la burbuja emocional de cada leyenda viviente que posa sus ojos con parsimonia, con dolor, furia y esperanza en las llamas de una estrella encendida, en el cielo arenoso de un planeta desconocido, en la locura de un campo de batalla, en la despedida a un ser amado, en las últimas consecuencias de actos inmediatos que son arropados por una emoción silente e inefable; que ruge en las facciones de Thor, se funde y derrama con las lágrimas de Gamora, vibra en el deber de Strange, se tensa en la pose de Thanos y que hierve en cada poro de Iron Man.

Y es que estos personajes han dejado de ser caricaturas pueriles con las que pasar el rato. Marvel no ha necesitado dotarlos de actitudes oscuras y noir para otorgarles la seriedad que exhiben. Ahora, tras diez años con nosotros, todos y cada uno de ellos se han convertido en seres de carne y hueso junto a los que sufrir y recorrer el camino de una lucha encarnizada en la que no queda más remedio que arrojarse al vacío aun con todo en contra. Llegar a este término, tornarlos tangibles, ha consistido en algo tan simple como tener la audacia necesaria para juntar a un mapache de CGI con un australiano buenorro que conjura relámpagos y no infantilizar el encuentro. La clave es confiar lo suficiente en el trabajo de cientos de personas -y en los personajes- como para crear la escena más emotiva de la película.

Estos logros quedan más patentes cuando nos fijamos en que aquí el protagonismo está del lado de los menos supuestos como tales -obviando, claro, a Iron Man-. Este aire de frescura, de dejar de lado a los más icónicos hasta el momento, hace que esta primera parte funcione a las mil maravillas y dota de una nueva magnitud a las anteriores. El guión tiene en cuenta que el tiempo en pantalla de cada personaje se adecue a la fluidez del argumento. Han recortado la presencia de héroes influyentes para adaptar con naturalidad sus participaciones, enarbolando un compromiso plausible con la historia y manteniendo el sello de identidad de cada uno sin evidenciar irregularidades.

Para ello se sirven de una interesante estructura narrativa -escogida con mucho acierto por los guionistas Stephen McFeely y Christoper Marcus-, enfocada en unos héroes concretos y divida en tres grupos diferenciados con la intención de aportar una dinámica fresca mientras el resto de conocidos orbitan alrededor de ellos; pero, eso sí, prometiendo traer a primera plana a los que en esta película quedan más en la sombra.

Bajo este esquema, la narración se produce de forma simultánea, con saltos espaciales entre unos y otros que equilibran con éxito, por primera vez en Marvel, la comedia y el drama, además de controlar la saturación y confusión que pudiera generar optar por tramas tan divididas. El humor no aplasta la tragedia, la diversión no distrae de la tensión. Todo está en su lugar correspondiente. Es fascinante, porque siempre se aprecia quién es quién, cuáles son sus motivaciones y, en definitiva, lo que pasa en pantalla. Cientos de  pequeños momentos se graban en nuestra retina mientras asistimos a algo que tendría suficiente con eclipsar todo lo demás.

"Combatirse a sí mismo es la guerra más difícil; vencerse a sí mismo es la victoria más bella"

-Friedrich von Logau.

Pero en esta vorágine de descubrimiento y asombro, lo único que realmente no sorprende es, curiosamente -y ahora me van a permitir un más-o-menos-cortito paréntesis de admiración-, el bastión del universo cinemático de Marvel: Iron Man. El hombre de hierro es un personaje tan prodigioso como lo ha sido los diez años anteriores, asentando sobre sus hombros el alma de la franquicia y centelleando, junto a la cualidad de superestrella que arrastra allá donde va Robert Downey Jr., más allá de su refinado -y metalizado- envoltorio.

Bajo la implicitud de este hecho, los primeros compases de la historia tienen prisa por combustionar y hacer uso de todas las inquietudes y cuentas pendientes del personaje: su experiencia como pater familias es rápidamente puesta a prueba para la defensa inmediata del planeta, aprende por fin lo fútil de librar batallas antes de que ocurran y consagrar la vida a cometidos vanagloriosos e, inequívocamente, acabará por entender lo que significa ser un héroe de verdad. Pero antes debe vivir un frente a frente con Thanos, que, imprevistamente, y al igual que el Capitán América, le otorga un severo reconocimiento; no obstante, ubicándolo a su vez como la otra cara de una misma moneda y el obstáculo más categórico en sus planes.

El villano ve a Iron Man como un visionario a su misma altura. La prevención paranoica de Tony ante la amenaza abstracta del espacio exterior y la disponibilidad al sacrificio que ostenta, basta para ganarse el respeto del titán, que, a pesar de lo maravillado e inquieto que parece ante la postura inflexible de Stark, en realidad no sabe que este es motivado por cuestiones bastante más personales. Sus acciones anteriores no son más que la reafirmación del héroe como principal representante de Estados Unidos; enfrentado al estrés post-traumático y a las secuelas del ataque a Nueva York, militariza su futuro bajo una demencia similar a la sufrida por el país tras el 11-S. Pero, en la actualidad, aun aferrándose a su labor y estando preparado para responder en cualquier momento a una crisis, Tony ha cambiado mucho. Es posible que sus decisiones se originen más por probarse a sí mismo y a los demás que no es una mala persona antes que por altruismo, pero lo cierto es que ha pasado de ser un tipo codicioso y hambriento de atención y fama a una persona desinteresada y tenaz; sin embargo, ha seguido arrastrando aquel orgullo desmedido que le caracteriza y esa determinación irreflexiva y chulesca que le dice que saldrá ganando.

Stark es, al fin y al cabo y desde su origen, un tipo distinto de megalómano, pero también ha sido siempre la traslación de nuestras inseguridades. Mientras el Capitán es el ideal, Stark es la indispensable realidad, el ser imperfecto que no se contenta con hacer lo correcto y hace lo que es necesario. Es el irrespetuoso magnate que conecta más que ninguno con el público que debería odiarle pero no puede porque se siente identificado con sus ansias de arreglar problemas que luego acarrean otros tantos, y que trata de expiar un pasado que piensa que no tiene cura.

Pretende ser un adalid del bien a toda costa, y eso le hace contraatacar una y otra vez, y por eso precisamente le admiramos, pero por muy honorables que sean sus razones, no le bastan para vencer a un enemigo que no entiende. No importa lo preparado que esté, al final combatir no es la opción correcta. Y aunque sus elecciones a menudo puedan irritarnos, queremos que todo le salga bien, porque sabemos que Iron Man es capaz de las mejores y peores cosas y está lejos de ser sólo un traje. Iron Man somos todos. Y seguramente todos estábamos tan equivocados como él desde el principio.

Equivocados a razón de que el verdadero héroe de la película es, también, uno de los integrantes del trío más divertido e interesante del metraje. El Doctor Strange, inmerso en su batallita de egos, postula sin querer la principal corriente metafísica de la película y se convierte en el superhéroe antonomásico de la franquicia. A estas alturas estarán hartos, pero déjenme desarrollar.

"You will never win!".

"No, but i can lose again. And again, and again, and again, forever. And that makes you my prisoner".

-Doctor Strange (2016).

Mientras que el conflicto puramente físico apunta en una sola dirección -Thanos-, en un segundo plano se produce un entramado de choques ideológicos que parten de una misma base. En una narración donde los grandes discursos son sustituidos por una ágil grandilocuencia impulsada a base de golpes, vuelos, explosiones y poderes imposibles, dos fuerzas colisionan: la preservación y la destrucción; que entroncan directamente con una filosofía deontológica, es decir, un conjunto de profesionales argumentando y actuando conforme a la ética que aplican a su trabajo como superhéroes. Esta moral, evidentemente, posee una sólida asociación con el sacrificio, constatado mediante una exposición activa de los valores que este encierra y el sentido de su ejecución.

Por un lado tenemos al grupo del Capitán América debatiendo sobre la responsabilidad virtuosa en la que, ocurra lo que ocurra, nadie es dejado a su suerte. Por otro lado, está el irracional Iron Man combatiendo por sí mismo y por encajar en el mundo a la vieja usanza, y el pragmático Strange, que opina que su carga conlleva una mayor importancia que el bienestar de cualquier otro individuo. Pero también está Thor, pensando en que el arma más poderosa puede poner fin a su venganza, y Los Guardianes de la Galaxia, que tratan de buscar revancha por razones semejantes y por mantener su singular familia unida.

Con tan variados objetivos, la mayoría de héroes escoge renegar del sacrificio absoluto, mientras que otros prefieren anteponerse para resolver las cosas mediante un mal menor. El caso es que, en última instancia, el sacrificio demuestra ser tan estéril como la lucha por eludirlo. La acción sin reflexión, la acción más honesta, no sirve de nada cuando no se tiene probabilidad alguna. Por eso mismo, el axioma que propugna la película se revela con la rendición de Strange, cuya visión le obliga a dejar de lado su orgullo y a no hacerse el héroe; porque esta es la única -y correcta- opción. Atestigua que claudicar, pensar y ceder al enemigo cuando la violencia no consigue nada es el reto más importante del héroe. Y saber cuándo retirarse, aun con el daño y la confusión que esto pueda causar, es lo que le hace grande. Él comprende lo que significa fracasar y después ganar gracias a la pérdida, y aprende que, como indica su presagio del futuro, renunciar a una obligación por una vida es lo que le llevará a la victoria.

El verdadero soldado no lucha porque odia lo que tiene delante, sino porque ama lo que tiene detrás".

-G.K. Chesterton

En un horizonte algo más -si cabe- cósmico, partimos de la base de que la película está en contra de la toma de armas, por tanto, el error de Thor es todavía más garrafal, pero también es lo que le convierte, con su misión secundaria, en lo más molón y cautivador de esta guerra.

Marvel ha tomado conciencia del talento actoral de Chris Hemsworth y de las ilimitadas posibilidades del dios del trueno, de manera que ha enfocado en él la épica más hiperbólica y resonante a la vez que ha explotado el lado vulnerable y divertido que únicamente el actor australiano logra imprimir. El tragicómico rostro del asgardiano relata toda una vida de extravíos y afrentas que le han dejado sin nada que perder y le acercan, esta vez de verdad, a una vena totalmente shakesperiana y  en ocasiones decadente, pero con la ardua tarea de no dejar de lado el toque de humor Waititi.

Thor por fin es un dios.

En añadidura, aunque breve, la parte que relata las aventuras conjuntas de Thor, Rocket y Groot es tan buena para tratarse de una trama secundaria que casi resulta inverosímil. El encanto y los pequeños gestos de la convivencia entre los tres y la forma en la que se perciben es extremadamente entrañable. En parte porque los dos tipos más rudos y masculinos de las películas de Marvel se reúnen para hablar de sentimientos y bajar sus mutuas defensas. ¿Dónde, si no, se ha visto que Rocket permita a alguien llamarle "sweet rabbit"? En un periodo tan escueto, hay hasta un intenso instante de lucimiento para Groot e incluso el gag recurrente de Rocket con las prótesis encuentra una aplicación útil.

Thor, con el apoyo de su peculiar séquito, invalida el prejuicio de que los tipos buenos y de intenciones puras sean un peñazo. Aunque hay que decir que ya no sólo es el bueno, es el que ha perdido todo por nada. Se ha convertido en un guerrero que se alza para verse caer.

"Si no acaba con la guerra, no es una victoria".

-Michel de Montaigne.

Pero si hay alguien que sabe lo que es un sacrificio infructuoso, ese es Thanos. El enorme -y no sólo en proporciones- villano de la primera fase del MCU, interpretado por un brillante Josh Brolin que huele a Óscar, es el encargado de dispensar y comulgar este concepto. El titán loco y filosófico, enfurecido ante la muerte de la luz, ha regido su existencia conforme a un aterrador ideal y, al final, le ha costado ser el precursor de ensombrecerlo todo. Y lo peor -y lo mejor- es que, de una manera u otra, nos ha importado. Sí, ha sido difícil no preocuparnos por el que es el protagonista absoluto de la cinta, como bien prueba que sea quien abra y cierre el telón y que en él, como catalizador, confluyan todas las tramas.

Del mismo modo en el que todo va a parar a Thanos de forma constante y rigurosa, nos iremos adentrando paulatinamente y a través de los diálogos que desmenuzan y circundan su cruzada particular por las gemas del infinito, a veces como espectadores, a veces como acompañantes, en la locura que agita su mente rota por la tragedia, a cuyos pasos les confiere un aura de teatralidad que idea un tono aparte con el resto de la película y le persigue allá donde va. Estas características únicas le convierten en una bomba de relojería emocional que, además, quiebra las concepciones de la masculinidad dando como resultado un ser, sí, poderoso, pero también conmovedor, sensible y dispuesto a llorar y sufrir por las muchas catástrofes que ha desatado, desata y desatará.

"I know what it's like to lose. To feel so desperately that you're right, yet to fail nonetheless".

-Thanos

En la figura del déspota extremista y fanático, hay lugar para la humanidad y hay tiempo para clarificar sus causas. El exterminio justificado se observa más atroz al no poder determinar una maldad genuina, sino una serie de valores corrompidos por las circunstancias. Por eso, más allá de su poder y aspecto, resulta aterrador. Su voluntad es tan o más férrea como aquellos a los que se enfrenta. en un universo alternativo, podría no haber sido el malo.

Thanos se desplaza entre las distintas narrativas como una fuerza de la naturaleza, generando cada momento decisivo, cargando en su figura imparable la tensión total de la película. Si está allí, la atmósfera se empaña de la imponencia que arrastra y de la agitación que provoca. Pero, mientras impregna cada parte de la película, también tiene una progresión propia que transporta sus andanzas hasta la nada más absoluta, donde sus errados valores le emplazan ante un paisaje idílico, un prado rebosante de verdor y aderezado con la delicada melodía de un piano, en tanto observa el amanecer de un nuevo día con una sonrisa en el rostro, que, sin embargo, nos dice lo contrario a lo que debería expresar. Está incómodo, insatisfecho. Solitario en la derrota como en la guerra. Ha agotado sus fuerzas por una tarea que no le ha reportado ni la más mínima satisfacción.

Por muchos amaneceres que se siente a contemplar tranquilo, el universo nunca se lo agradecerá. Al final del día jamás encontrará descanso.

Luego llegan los créditos finales.

"No se puede ganar una guerra como tampoco se puede ganar un terremoto".

-Jeannette Rankin.

En 160 minutos se condensan 76 personajes, 5 líneas argumentales y 10 años de una neocinematografía que, en su fecha de estreno -y en la próxima- ya es un auténtico hito. El respeto y la cercanía que han compartido con sus espectadores ha influido para que esta guerra infinita se desmarque de la sensación preconcebida que debe provocar un blockbuster. Nos han dado algo que no deseábamos ni esperábamos, pero que necesitábamos.

¿Qué es esto? Un ritmo intenso en el que la acción da un paso atrás para dejar a las conversaciones en primer plano tomar las riendas, unas decisiones pasadas y presentes con peso, un removimiento de conciencias y de sentimientos que incómoda y deja con ganas de más. El cine se transforma en performance teatral que llena la sala de una experiencia colectiva de empatía, de una emoción y un sufrimiento compartido por el público como rara vez se ha visto. Personas tan excitadas que han de apartar los ojos de la pantalla y cruzarlos con el de al lado sabiendo que sienten lo mismo, aplausos irreprimibles de gente flotando con la genial banda sonora de Alan Silvestri, gritando eufóricos al ver a Pantera Negra, sollozando con Bruja Escarlata a la vez que las uñas arañan la butaca y un ominoso ambiente de incredulidad atiza sin contenciones.

Sí, hablo de ese silencio solemne irradiado directamente de un final tramposo pero no por ello menos contundente y desgarrador, o al menos lo suficiente como para que yo mismo fuera tan incapaz de procesarlo como aquellos que lo habían entendido erróneamente o no lo habían entendido en absoluto.

En ese trance sólo existe la irracionalidad, el dolor y la derrota siendo exudados directamente fuera de la pantalla para manifestar que el cine consiste en sentir y compartir, y que el que diga lo contrario no hace otra cosa que autoengañarse.

Tal vez lo mejor sea que, aparte de quebrar la síntesis del auteur, nos escupa en la cara, justo después de deprimirnos y justo antes de unos insospechados créditos de sobria elegancia, que Thanos volverá, y que lo que de verdad no se habrá visto y superará a todo lo anterior, será Vengadores 4.

Ese es mi convencimiento.

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