BLACK PANTHER de Ryan Coogler

BLACK PANTHER de Ryan Coogler

En sus albores, la franquicia de Marvel actuaba como divertimento  homogénico con pocas vistas a una verdadera vista autoral. No en vano, más de un director ha sido despedido por querer marcar una mayor personalidad de la parametrada por el estudio -pobre Edgar Wright-. Sin embargo, ahora que se ha visto que esa fórmula tan, en apariencia, ácida ha funcionado, era hora de imprimir una mayor firma direccional en sus nuevos proyectos. La cosa estuvo en auge con 'Guardianes de la Galaxia', ha reventado por completo con 'Thor: Ragnarok' y parece mantener el rumbo con 'Pantera Negra', una película que se debe a una mayor responsabilidad que simplemente ser diferente. Anunciada en el momento más propicio posible, y estrenada en uno todavía más ideal, la cinta se proyecta desde el foco de las reivindicaciones sociales de las minorías, primero, raciales; después, sexuales; y en la actualidad del alzamiento feminista y el movimiento Me Too, para romper los moldes de una franquicia cuyo calendario, hasta la fecha, jamás había incluido a un afroamericano como protagonista. Black Panther como asta y estandarte racial tenía el deber de bucear de lleno entre el público objetivo del blockbuster -caucásicos- y, además, de atraer a las salas al público denostado por las películas de superhéroes y a todo aquel que quisiera mostrar su apoyo. Sin embargo, al igual que ya le pasó a Patty Jenkins cargando el importante peso de 'Wonder Woman', su director, Ryan Coogler, termina por hundirse bajo tanta presión. 

BLACK PANTHER

Después de los acontecimientos de 'Capitán América: Civil War', T' Challa, el rey de la ficticia Wakanda, vuelve a su aislado y muy tecnológicamente avanzado hogar en el corazón de África para ser proclamado rey, pero un viejo enemigo de la nación volverá para poner en jaque la vida de T'Challa como rey y como Black Panther, en un conflicto que decidirá el futuro de Wakanda y su repercusión en todo el globo.

La elección era evidente, un director cuya carrera se pudiera traducir en una labor extrema en la representación de la conciencia social negra; alguien capaz de, bajo los parámetros inamovibles de Marvel, dotar de un mensaje y una consistencia política significativa a la película y al superhéroe. En teoría lo ha hecho, pero no se puede decir que adecuadamente.

Acompañado por su musa, Michael B. Jordan, Ryan Coogler hizo primero un cine personal y un tanto inconsistente -'Fruitvale Station'-, y, después, uno comercial, tópico, pero esta vez sí, grande -'Creed'-. Por tanto, era de esperar que, amparándose en sus dos trabajos anteriores, mezclase la cercanía y personalidad de uno con el mensaje y la potencia más refinada del otro para aportar un relato único a la historia de Marvel. Todas buenas intenciones, todas ilusiones truncadas. 'Black Panther' quiere mantener la cualidad de monarca y James Bond que todo el mundo esperaba y a la vez explorar el mundo africano de Wakanda. Quiere sondear los bajos fondos y la lacra de las circunstancias de los jóvenes afroamericanos y a la vez representar la idiosincrasia de un pueblo mítico, utópico y limpio de la huella del hombre blanco. Quería ser divertida, activa, contemplativa, épica y a la vez declamativa. Todo ello imposible sin la posesión de un buen pulso narrativo, un buen manejo de los mandos y la decisión de renunciar a ciertos aspectos de la narrativa; de ser paciente, veloz y preciso cuando -y como- lo requiere la historia. Decir que la acción es plástica y difícil de seguir, está plagada de CGI y sólo tiene un par de escenas inspiradas, no es que ayude mucho a aportar algo de dinamismo.

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Pero aquí no acaba el drama. Pronto empieza a ser patente que el mensaje de Coogler, ese que llega tan bienintencionado, no sólo se encuentra mal presentado, planteado y es temiblemente condescendiente, sino que tiene la sutileza propia de una estampida de elefantes africanos. Acaba por resultar como nuestro presi, que ni se molesta en apartar la vista de los panfletillos cuando los lee ante la prensa.

Ciertamente, e independientemente de la calidad del mensaje, se hace difícil transmitir nada a lomos de un protagonista más soso, contradictorio y errático que su villano. Y, qué leches, que la mayoría de secundarios. Es triste porque se puede adivinar lo mucho que se esfuerza Chadwick Boseman en dotar de algo de carácter a un personaje que debería ser puro sarcasmo y majestad, pero que acaba por resultar un mojigato con ideas un tanto curiosas y en apariencia inamovibles que, uh, magia, sólo varía cuando lo requiere el guión. Pronto el histriónico decorado, tan kitsch y colorido como rotundamente extraño en el ámbito solemne de la película, acaba por superarle y absorberle. Que la -creo- primera representación del género afrofuturista en pantalla sea tan notoriamente incoherente tiene delito; aunque nadie negará que ese batiburrillo de colores vistosos y ritos, supongo, totalmente insultantes, con paisajes que deberían ser algo más que una pantalla de estudio, son hermosos; además de que cumple bien la función de representar la idiosincrasia del pueblo de Wakanda, dividida en tribus con nombres elementales a lo 'Avatar: la leyenda de Aang' -toma ejemplos culturetas-. Pero en ningún momento deja de parecer un parque temático cuyo objetivo sea el de hacer parodia de África. Octavia Butler se revuelve en su tumba.

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Este no es, ni de lejos, el único contraste con la suntuosidad de la película. Una vez más Disney tiene un severo problema con el tratamiento del humor infantil e impostado de su cinematografía. En primer lugar, generando una gran dificultad para integrar al espectador en el vínculo afectivo entre los personajes; construido, en su mayoría a base de tuteos y comentarios desenfadados totalmente mecánicos e incómodos; pese a verse diluídos y aceptados con el transcurso de la narración. Por poner un ejemplo, 'Thor: Ragnarok' no se veía en modo alguno afectado por estas taras. Por otro lado, e incluyendo también la actitud incomprensible de su protagonista, el tratamiento de la violencia, pocas veces tan explícita en Marvel aun con la visión de unas pocas gotas de sangre, no tiene motivo alguno en la historia. Esa necesidad por incluir un leve atisbo de visceralidad lo único que consigue es deformar a T'Challa, ya sobradamente frío en el apartado emotivo, y convertir el impacto del conflicto entre los wakandianos en un absurdo sin precedentes. La película sería como si en la lucha del aeropuerto de 'Civil War' hubiesen aparecido decenas de figurantes asesinándose a tiros. Parece que el guión no es plenamente consciente que, a rasgos generales, lo que quiere transmitir es el choque cultural y la incertidumbre de un Pantera Negra ante la perspectiva de abrazar occidente y abrirse al mundo -Estados Unidos, claro-.

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Asimismo, los guionistas deberían detenerse y preguntar a sus propios personajes sobre el porqué de sus acciones -o inacciones- y a qué clase de madriguera les conducirá. Traiciones, vidas truncadas, amistades imposibles... Nada tiene consistencia conforme progresa. Una simple frase en tal diálogo y tendrías media película resuelta. No hay acción y reacción. Todo es reacción y reacción.

Killmonger ha sido tildado como el mejor villano de Marvel hasta la fecha. Un auténtico espectáculo en pantalla. Un personaje sólido y consistente. Bueno, por mi parte lo más sólido que veo en Killmonger son unos abdominales capaces de hacerme replantear mi heterosexualidad. Para resumir, diré que el villano es un 20% estética, un 75% Michael B. Jordan y un 5% al servicio de nuestra imaginación tratando de encajar su rol en la historia: ese carisma, apenas ostensible, tan arrollador que hace a los demás seguirle ciegamente hasta las últimas consecuencias, la capacidad de remodelar una cultura sin represalias de ningún tipo por parte de sus integrantes y, sobre todo, su identidad difícilmente identificable con un pueblo al que no pertenece y cuyos ritos difícilmente debería ser capaz de llegar a conocer. Como malo de turno, desde luego, su plan maléfico no tiene una proyección lo suficientemente congruente en el aspecto narrativo o lúdico para pasarlo por alto -como si se podía hacer con las idas de olla de 'The Last Jedi'-.

Lo que sí es destacable, por supuesto, es la interpretación de Jordan como Erik Killmonger; además de la de Lupita Nyong'o con una intensidad y una presencia que hace causar congoja por su distanciamiento de las cámaras; la cuasi desconocida Laetitia Wright como la vivaracha Shuri; y Okoye, el mejor personaje de la cinta interpretado por la sorprendente Danai Gurira -Michonne en 'The Walking Dead'-.

En definitiva, 'Black Panther' es una de las escasísimas decepciones recientes de Disney. Un increíble deceso en la buena racha que incluso demostraba un producto tan sintético como 'Spiderman: Homecoming' -muy notable, por cierto-. No ha habido una película tan aburrida en el MCU desde la denigrante 'Thor 2: El Mundo oscuro'.

Es cierto que la representación y el hito que marca eran necesarios, y parte del comunicado se sostiene en ese agradecimiento que hace a la ayuda internacional que prestan los estados y la oda a la cooperaciones, junto a la, a su vez, condena de la complacencia que muestra el primer mundo ante los pueblos que minusvaloran, oprimen, colonizan y pervierten. Atacando, sobre todo, a la apropiación tecnológica y cultural de los gobiernos y al grave inconveniente de relegar a la población negra a los estamentos sociales más humildes.

Sin embargo, podríamos obviar todo lo anteriormente referido para poner de relieve la crítica real: en su última media hora se produce una especie de calco-homenaje a 'Star Wars: La Amenaza Fantasma', con politiqueo, escudos de plasma, 'Duel of Fates' y gungans incluidos. Absolutamente nada bueno podía salir de ahí.

No sé si ha sido ovacionado por todo lo que quiere y no puede o por miedo a la represalia del lector. De una manera u otra, una enorme pérdida para todos.

Black Panther

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