WIND RIVER de Taylor Sheridan

Wind River

WIND RIVER de Taylor Sheridan

Es incuestionable la función que ejerce el ambiente que nos rodea en el proceso de modelación de nuestra persona. Ya sea en un entorno industrial, en un entorno urbanita o en un gallinero. Podemos nombrar a la tierra que pisamos y a todo aquello que la erige como lo que es en términos paternales o maternales. El controversial subtexto que erige nuestras presentes y futuras formas de relacionarnos con los demás. La importancia de este concepto vital es el pilar fundamental de la escritura del director Taylor Sheridan, y es también el epicentro de la obra de Cormac McCarthy, el famoso escritor y fundador excelso del mejor western contemporáneo de la literatura. Influyente como es, McCarthy ha calado en el quehacer de Sheridan como lo ha hecho en el de miles; pero pocos tienen el honor y el talento para trasladar sus ideas a pantalla en forma de un homenaje tan extenso, seco, vaporoso y encubierto como la figura del tímido escritor.

El director debutante y guionista de películas como 'Sicario' y 'Comanchería' -'Hell or Highwater'-, cree firmemente en estos mandamientos de la decadencia, y toma el escenario para configurar a sus personajes en una línea sin desviaciones, en la que la única meta es la retribución contra el enemigo que ha cometido el ultraje de concebirlos. Transformando el ambiente, determinando al padre y madre negligente con la suciedad que les ha manchado, convirtiendo, en realidad, una vez alcanzada la meta de esa línea, el total en un círculo.

Wind River

Un veterano cazador de la reserva de nativos americanos (Jeremy Renner) de Wyoming descubre el cadáver de una joven en la nieve. Ante los indicios de asesinato, el jefe de policía de la reserva reporta directamente al FBI, cuya respuesta llega en forma de una joven e inexperta detective (Elizabeth Olsen) para investigar el caso. Ante sus dificultades para sortear el despiadado clima contará con la ayuda del rastreador para resolver el homicidio.

Desde los desiertos que actuaron como escenario de sus anteriores trabajos, nos transportamos directamente a la gélida reserva india de Wyoming en, concretamente, el desangelado lomo de una historia sobre el aislamiento, la pérdida y los resquicios culturales y personales de una población enterrada bajo la nieve. La cultura amerindia convertida en cenizas y desechada al rincón más oscuro de la historia actual americana, revela la realización de un nuevo germen criminal excusativo a través de la opresión racista del foráneo y de la falta de expectativas de unos pobladores condenados al ostracismo. Y no sólo una cuestión criminal, sino también un proceso apático ineludible para las gentes corrientes de aquel lugar, que bien puede ser tan distintivo como una reserva india o tan transparente como un barrio de Nueva York. Dentro de esas temibles losas que cargan sobre el pecho unos habitantes que más bien son fantasmas, más terrible aún es la necesidad de vinculación al resto del mundo exterior, vista en la correlación de los habitantes con la perpleja mirada de una Elizabeth Olsen -que bien podría ser el propio espectador- ajena al entramado neblinoso al que se ven expuestos aquellos, y, por tanto, víctima directa del desprecio de muchos. Hasta, cómo no, el momento en el que sacrifique su integrad física y sufra las mismas penalidades que estos.

La respuesta violenta del ambiente no es sencillamente directa, sino que recorre la película como una bruma inextinguible. Empaña cada poro de la imagen y fundamenta la presencia de una intensidad tan extenuante y exagerada que fácilmente podría haber caído en la caricatura inconsciente. Sin embargo, ya sea la habilidad a los mandos de la cámara de Sheridan, o la siempre patente fuerza de su libreto, resulta toda una impronta de identidad una vez se une al doloroso y contundente microcosmos de la historia.

Y es que la única ley verdadera en el universo de Taylor Sheridan es la del Talión. La justicia cósmica y social es una quimera, una burda ensoñación que resarcir únicamente a través del cañón de un revólver. El ojo por ojo se desarrolla en escala, desde la quietud inicial de una cámara cómplice que sitúa al espectador como voyeur en la narrativa y que fija su atención en el poderío interpretativo del -al menos aquí- titánico Jeremy Renner como el protagonista Cory Lambert: mentor, llanero solitario, cáscara vacía, principal factor de épica contenida en el relato de venganza y, absolutamente, vástago de su entorno. La tensión en su expresión avanza inexorable, ligada a la sensación continua de amenaza sobre la también muy notable Elizabeth Olsen, hasta un último estallido abrupto producido en una escena para el recuerdo -y que ya es de lo mejor de este año-.

Wind River

En definitiva, la importancia de 'Wind River' no reside tanto en la resolución de los hechos, como en el porqué de ellos. La relevancia está en las acciones: las crueles, vengativas, pasivas y bondadosas. En, como Sheridan, comprender que el origen de la crueldad humana reside, en su mayoría, en el sistema. En su ópera prima descompone el origen del crimen desde la desgarradora perspectiva de una sociedad cuyo pasado se encuentra tan sepultado que siquiera es capaz de recordar sus ritos y debe inventarlos. Tan olvidado que él mismo debe dar a conocer, en sus créditos finales, que no hay un censo para mujeres nativo americanas desaparecidas.

Es ahí, fuera de cualquier procedimiento de indagación homicida, donde se encuentra la mayor virtud de 'Wind River'. Por encima del dolor que se respira, el frío que atraviesa la pantalla o la sangre que salpica todo, se encuentra la sutileza que hace capaz la entrega de un mensaje de protesta político-social que no asfixie el relato de unos hechos que por sí solos ya son suficientemente contundentes y sensibles.

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