IT de Andrés Muschietti

La producción de hitos generacionales ha alcanzado una sima tan profunda que ya prácticamente se puede tildar cualquier nuevo producto de ello. No obstante, hay auténticas obras que suponen un cambio, que, intachablemente, sobrevuelan el afán temporal de reconocimiento del público y trascienden la historia y el tiempo. Stephen King en sí es un buen ejemplo con muchas de sus novelas. Pero, sin lugar a dudas, su obra magna y el análogo de la maestría artesana del escritor contemporáneo es la novela de terror 'It', que tomó algo tan trivial como la figura del payaso torpón y la transformó para siempre en un objeto pesadillesco. Y, sin embargo, tanto 'It' como la propia novela eran mucho más que un simple payaso. Eran la transmutación del horror a madurar, del miedo al propio sexo, a la responsabilidad, las huellas y traumas de un pasado inmutable e imborrable, y la necesidad de encontrar nuevas conexiones sentimentales para hacer frente a esos temores. Una novela de trascendencia vital y hasta sideral.

Warner, siendo consciente de la nueva ola nostálgica hacia lo ochentero ha reflejado el dólar en sus pupilas con más fuerza y nitidez que el filamento plateado que recorre el iris del payaso Pennywise. Ha trasladado la acción original de los años 50 a los 80, haciéndose eco de producciones como 'Super 8', 'Stranger Things' y demás, con, curiosamente -e incluso inconscientemente para la mayoría del público-, una adaptación de la precursora de todas estas. Aunque podríamos tildar la bibliografía de King de los ochenta como el precepto de la nostalgia pop actual.

El trabajo de adaptar tal obra cumbre es titánico, en perspectiva, imposible, pero si algo ha demostrado esta película es que en realidad es muy factible dados los recursos cinematográficos disponibles. El caso es que sí, se podría haber hecho con mucho más acierto.

It

En el pueblo de Derry -Maine- comienzan a producirse extrañas desapariciones de niños. Una pandilla de amigos lidia con sus mayores miedos al enfrentarse a un malvado payaso llamado Pennywise, que lleva aterrorizando a la población por siglos.

Andy Muschietti ha sido el encargado tras la marcha del brillante y difícil Cary Joji Fukunaga -a raíz del excesivo componente sexual que contenía su libreto que, recordemos, está protagonizado por niños; pese a no escatimar de estos detalles en la novela- de dar vida a la forzada vuelta del poblado de Derry y sus habitantes a la pantalla; vuelta que ya se pensaba condenada al ostracismo. Sin embargo, dominando la trayectoria de ambos directores, es inevitable ver mucho de Fukunaga en los aspectos positivos de la cinta, y mucho de Muschietti en los más perniciosos. El argentino, ya conocido por su trabajo en la dirección de 'Mamá' (2013), no es un extraño hacia el género. Pese a ello, su único acercamiento se podría traducir en un enorme tropezón que parece arrastrar su caída hasta la película que nos concierne. Nadie dirá que el ahora célebre -bastante injustamente- director es alguien poco comprometido, pues se podría pensar que su afán por mantener las importantes bases ideadas por Fukunaga y de respetar la obra original rozan la devoción, hasta el punto de lograr que un simple boom de verano, que no necesariamente necesitaba ser más que eso para el estudio, tenga un fuerte espíritu y una irreverencia atípica dentro de su topicismo categórico.

Aun así, es igualmente patente su búsqueda de exclusividad artística, por lo que trata de tomar continuas e inexplicables licencias sobre el guión novelístico original, con decisiones que repercuten tanto en el diseño de sus criaturas como en variadas situaciones de tensión. Esto no sería necesariamente nocivo si Muschietti no acabase por empeorar cada alteración emprendida en ese aspecto, tanto en secuencias prácticamente calcadas de otras cintas de las corrientes principales de terror, hasta otras demasiado reminiscentes o que sencillamente son mucho menos efectivas como núcleo de terror que los propios pasajes de la novela. Se toma continuas molestias en potenciar la fidelidad en los aspectos más nimios del relato y descuida lo primordial.

it

Y es que, por sí mismo, el componente terrorífico es cuanto menos fútil, viéndose idealizadas las comparaciones más manidas del género, con algún cierto margen para el simpático ventrilocuísmo del manga japonés; no se salva de un terror plástico, cargado de CGI y nada pavoroso. La dirección en general es de un naif impersonal e hiperbólico capaz de insensibilizar al espectador hasta el punto de alcanzar el tedio; encima, se ve asociada a excesivos jumpscares y subidas tonales como anticipo a lo macabro que terminan por hundir completamente cualquier sensación de angustia o atmósfera. Pero aún decae más apostando por la explicitez y el gore sin sentido dosificado durante el metraje. Antes, donde el gore causaba un ambiente más opresivo y mayor controversión ante el testigo de los niños, ahora simplemente se produce porque sí; y de manera muy poco orgánica. Es por todos sabido que la omisión y el desconocimiento es incluso más aterrador que un brazo arrancado de cuajo, un payaso victoriano corriendo raro tras de ti o un leproso exageradamente computerizado persiguiéndote.

Donde sí resplandece la película es en el tratamiento de la mayoría de personajes, en la ambientación -con sus pegas- y en la relación entre los protagonistas. En pocos minutos cada uno se sitúa por sí mismo y deja claro tanto su lugar en el pueblo de Derry como la relación que les ata a los demás. Aunque Muschietti, en más de una ocasión deforme características fundamentales de unos y otros, todos mantienen su esencia y la transmiten con vigor al espectador, claro que con sus consecuentes y absolutas explanaciones de la simbología de cada suceso -cosa comprensible en su tanteo de mayor accesibilidad-. El Club de los Perdedores es las amistades aparentemente inquebrantables de la juventud, los dolores y miedos cotidianos y familiares considerablemente superiores al payaso que es el trasunto de estos y que dejan un eco que reverbera hasta la madurez, la añoranza como motor de superación del trauma contenida en los resquicios sublimados de recuerdos alegres, y el ser adulto como mayor objeto de pánico. Todo esto es puro King, y todo esto emana de la película.

Y lo hace de las manos de un reparto fantástico en el que destacan la extraordinaria Sophia Lillis como Beverly Marsh y el no tan excelente pero si muy notable Jaeden Lieberher como Bill el Tartaja; unidos a Wyatt Oleff como Stanley Uris, cuya cercanía inspiraba los cautivadores ramalazos del Richie Tozier de Finn Wolfhard -al que se ve un poco forzado-, que acababan por unir intrínsecamente a ambos en una potente vis cómica junto al solvente e hilarante Jack Dylan Grazer en el papel de Eddie Kaspbrak. Por desgracia, y sin ser completos desastres, la insipidez y la poca dotación para la interpretación de Chosen Jacobs como Mike Hanlon y Jeremy Ray Taylor como Ben Hanscome pasa sobrada factura sobre sus escasamente retratados personajes -al menos para la importancia que poseen en un futuro-.

Por su parte, los papeles secundarios se encuentran muy exagerados en sus respectivos roles. Destacando a la extravagante madre de Eddie, al despreciable padre de Beverly y al grupo de matones, cuya importancia se ha visto drásticamente reducida, liderados por una inconstante actuación de Nicholas Hamilton, cuyo personaje también ha quedado prácticamente en nada.

Pero aquí el meollo de la cuestión es Eso. Pennywise. Cuyo lavado de cara resulta carismático, atractivo, resuelto y original, aun con la objeción de resultar demasiado autoconsciente. Por desgracia, su encanto rivaliza con la conversión en mero preámbulo del terror, destapa al monstruo con una falta de aprensión que denota lo expuesto que está el propio recuerdo de la anterior miniserie del 95. Se ha adaptado para ser diferente, más directo y menos memorable. La intriga desaparece y únicamente queda la bestia. Lo que ocurre con el miedo es que es más oscuro contra más inesperado y menos comprensible subsiste en la narración, por tanto, suerte de aquellos con fobias por poder disfrutarlo en todo su esplendor, al resto nos toca conformarnos.

Bill Skarsgård y su singular expresividad facial realizan un gran trabajo dando vida al asesino centenario de Maine, enterrado sobre capas y capas de maquillaje su buen hacer permanece visible, pero no da miedo, el payaso no da miedo y es lo que hay. Se han esforzado tanto en hacerlo resultar terrorífico que ha acabado por ser prácticamente una parodia maniquea. Su aspecto sombrío no ayuda. Sus dientes de conejo son un elemento inexplicable. La ropa victoriana/renacentista es una mala broma y sus gestos histriónicos un mal chiste que chapotea en el absurdo y que cuando trata de causar terror provoca vergüenza ajena. Cada frase necesita ser una sentencia, no puedes tener a una criatura tan peligrosa hablando por los codos y que todo lo que diga sea pura barredura. Aunque obviando que pretenda resultar terrorífico, es perfecto para un enfoque medianamente imponente en una película de aventuras, que es lo que ha acabado por resultar ser esta.

Antes de concluir me gustaría exponer otros dos de los grandes desaciertos de la película: la nostalgia y la cronología.

'It', por supuesto, ha funcionado como motor melancólico desde su misma concepción, pero siempre en una trayectoria universal y atemporal, nunca bajo un contexto. Esto, el realizador parece desconocerlo. Si bien ha conquistado ese propósito, asimismo ha tomado demasiadas alusiones a Stranger Things tanto en estética como en tono, con pósters abrumando las paredes de cada habitación, referencias cinéfilas, salas recreativas, y continuas e innecesarias distracciones. Lo peor de todo esto es que en Stranger Things este batiburrillo de viejas glorias encaja a la perfección, aquí es sencillamente antinatural, artificial e indolente.

Por otro lado, la ruptura de la cronología de la obra de King de seguro pasará factura. En la novela, la historia viajaba constantemente de la pubertad a la madurez de los niños, por lo que no sólo se atestiguaba una especie de efecto mariposa y un círculo en la historia, sino que comprendíamos mejor cada motivación y a cada personaje. Además, era un hecho esencial para dotar de ritmo a la trama, ya que una vez los niños eran adultos, este decaía enormemente. Veamos cómo se las apaña el equipo creativo en la continuación...

En definitiva, solo la milagrosa fotografía de Chung-hoon Chung -Old Boy, The Handmaiden- y los personajes son capaces de salvar el desaguisado que se ha articulado. Sus esfuerzos por epatar y el tour de force latente entre el trabajo de los distintos guionistas terminan por echar por tierra una película trufada de superficiales y persistentes efectos especiales; una banda sonora nefasta ambientando una trama sencillamente aburrida, cuya duración, siendo la necesaria, no es necesariamente adecuada para los elementos que la componen; y la conclusión más alejada de la novela posible a la que su insólita imaginería no salva de la zambullida en el bochorno.

Pero para quitarle hierro al asunto y a pesar de no haberla disfrutado ni como fan de la novela ni como espectador, es innegable lo arriesgada y original que resulta como propuesta hacia un público más accesible, y el buen recibimiento que ha tenido por parte de este, que la ha catapultado como la película de terror de inicio taquillero más rotundo de todos los tiempos. Puede que 'It' no sea una buena película o adaptación, pero ¡qué narices!, es una buena apertura para el gran público a la violencia inquietante y a las pequeñas dosis de madurez en el género.

La puedes ver en...

Copy de Copy on Twitter
Copy de Copy

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *