BABY DRIVER de Edgar Wright

La música ha trascendido su actitud de carácter cultural para establecerse como parte integral de la vida moderna, como un reconstituyente necesario ante las inclemencias del día a día y como el potenciador más natural de nuestras habilidades mentales y físicas, desarrollando nuestro rendimiento y destreza hasta considerarse una ventaja ilícita en la práctica de deportes profesionales. La música se encuentra en todas partes, ya sea mediante la franqueza rítmica que sólo es capaz de exhalar la naturaleza o mediante las composiciones instrumentales y vocales de gente talentosa -y no tanto- para amenizar nuestras tardes y socavar el, en ocasiones, desmoralizante silencio. La música es un bálsamo, una capa que protege frente al trauma, ante la pariedad y los complejos. Por ello mismo, siempre acontece como pilar riguroso de la adolescencia. Y es aquí donde nuestro yo interior pubescente ha sido trasladado a pantalla, con un joven que por una dolencia física y un espinoso trauma psicológico escucha música a todas horas; hecho que le permite memorizar y sincronizar al milímetro cualquier acción al volante y fuera de este,  pero que no le faculta madurar  y  reabrirse a un mundo en el que alejarse de la ilegalidad y afrontar sus problemas.

Baby (Ansel Elgort), un joven conductor especialista en fugas, depende del ritmo de su banda sonora personal para ser el mejor en lo suyo. Cuando conoce a la chica de sus sueños (Lily James), ve la oportunidad de abandonar su vida criminal y realizar una huida limpia. Pero después de ser forzado a través de una deuda a trabajar para el jefe de una banda criminal (Kevin Spacey), deberá dar la cara cuando su ocupación amenace su vida, su amor y su libertad.

baby driver

Edgar Wright, más que un director siempre ha constituido una marca, una especie de representante del trío cinematográfico británico por excelencia. Uno no concibe realmente a Wright sin el peso y el ala amparadora de Simon Pegg como guionista o protagonista rutilante, ni la ausencia de Nick Frost como simpática y talentosa mole interpretativa cargada de matices cómicos. Juntos han conformado una de las trilogías más redondas, ácidas y divertidas de las últimas décadas, los unos siempre condicionados por los otros en hermandad. Pero al igual que Pegg y Frost ya habían volado en libertad, ahora, y tras la decepción de 'Ant-Man', era el turno de Edgar Wright de hacer lo que quería, cómo quería y cómo debía. Y vaya que si lo ha hecho...

En 'Baby Driver' va a por todas con una dirección, montaje y realización virtuosos hasta la médula, y con una banda sonora no sólo cargada de buen gusto, sino sincronizada perfectamente a una acción que prácticamente es algo constituido por esta misma, siendo el elemento narrativo indivisible de la cinta y clasificando, por lo tanto a esta, como un muy original musical cuyo único canto y balada está dirigido al amor adolescente y al omnipresente temor a la maduración que siempre ha entretejido la filmografía de Wright. El propio director asiste por fin a su maduración como cineasta, dando a luz su trabajo más personal y amoldado a su propio estilo -que no el mejor de su carrera- hasta la fecha. 

Wright saca brillo y despunta al blockbuster con un guión pulido, preciso y efectivo -que eso sí, pierde mucha fuerza en su traslación al español, con un doblaje también horrendo e irrisorio- en el que cada pieza y chascarrillo percuten con fuerza en el espectador mientras casan a la perfección con una violencia siempre luminosa y más sugerente que visceral -aunque a veces un tanto fuera de lugar-, en una fluidez narrativa envidiable. Las referencias de Wright son claras, la más transparente de ellas es, sin duda, el enorme giro de tuerca que da al planteamiento de 'Drive', de Nicolas Winding Refn, concediendo accesibilidad y diversión al espectador en oposición a la oscura, renuente y sí, brillante carne de festival que es 'Drive'.

baby driver

En un prólogo adrenalínico y perfecto en todos los sentidos, nos sumerge desde la magnífica y musical introducción de créditos en el particular mundo de Baby, donde el tono imperante es dado por voces como las de Queen, Barry White, Blur, T-Rex -broma incluida-, Focus -¡Hocus Pocus!- o The Jon Spencer Blues Explosion. Wright va más allá de su obsesión por plantear un escenario moderno bajo una cinética nostálgica, integrando -salvo honrosas excepciones de soul, hip-hop y funky- en el film un rock & roll de la vieja escuela, perfecto tanto para calar entre las juventudes veraniegas, como para provocar un secado de lágrimas añorantes en los más adultos. 

Por desgracia, pese a que la banda sonora se muestra genial durante toda la proyección, tras su primera mitad, la película comienza a desinflarse, resultando igualmente entretenida y espectacular, pero agotando su fórmula y partiendo por derroteros narrativos completamente incomprensibles y pueriles. A su vez, su comicidad y violencia no terminan de complementar con toda la fluidez que sí presenta su apartado musical, echándose en falta la necesaria acidez que, sin duda, Simon Pegg aportaba a los guiones de Wright. Pero peor aún es el momento en que, cómo no, se tiene que dejar de lado el humor para hacer implosionar la historia dentro de la pantalla. 'Baby Driver' se torna entonces solemne y peligrosa, pero ya no tan descarada, divertida e interesante. Curiosamente, el momento en el que Baby, persona de pocas palabras, comienza a dialogar sin filtro, es cuando tiene lugar el mayor declive.

Lo que, a pesar de su falta de consistencia y profundidad, si se mantiene inalterable, es el carisma de todos y cada uno de los personajes secundarios que pueblan la cinta, personajes que se muestran esquematizados con precisión desde el primer instante en el que se asientan en pantalla. Sin apenas florituras, se presentan con inmensa disparidad entre sus semejantes de tono y género, pues todos simulan ser un equipo mientras que, a la vez, son un peligro en toda regla para el resto; sin poder confiar abiertamente los unos en los otros. Desde un malvado y cínico Kevin Spacey en piloto automático -cosa que no es mala porque siempre nos encanta-, a un con demasiada facilidad psicótico y redondo Jamie Foxx, brillan uno a uno cada minuto que permanecen en el objetivo, gracias a no sólo el libreto, sino a, por ejemplo, la provocación felina de Eiza González, el chulesco cameo de Jon Bernthal, la muy seria actuación del cómico CJ Jones y, sobre todo, al segundo genio de la función: Jon Hamm, que en todo momento es incapaz de perder su imponente atractivo en pantalla, con un carácter animal y magnetizante.

Por su parte, el nuevo ídolo de masas en el que se ha convertido Ansel Elgort, cumple bien su función destacando con más firmeza a los mandos del volante y en frenéticas persecuciones que manteniendo el tipo frente a sus veteranos compañeros de reparto pero, aun así, dando una actuación valiente y falta de complejo alguno. Formulando a su vez una fuerte química con el interés amoroso interpretado por una genial Lilly James, cuyo personaje, por el contrario, es bastante más insípido que el molón Gary Sue que tiene de acompañante.

En definitiva, 'Baby Driver' es una película con identidad propia, realizada con mimo, de montaje magistral y valentía única. Si la pereza no se hubiera impuesto de manera tan flagrante en el tercio final de su trabajo más vivaz, Edgar Wright podría haber estado cerca de dar con la clave del blockbuster pero, nadie le quita que, con un presupuesto medio, haya logrado tal cantidad de frescura en el término de una fórmula tan manida como la del subgénero de los atracos, apoderándose del espectador en un baile exorbitante conducido por persecuciones, violencia tarantiniana y la efectividad del núcleo enamoradizo en la cinta; el director pisa el acelerador haciendo difícil ver algo de tanto estilo lo que resta de año.

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