OKJA de Bong Joon-ho (2017)

okja

En nuestra historia, el ser humano se ha enfrentado a todo tipo de corrupciones en la sociedad, elementos destructivos que dañan el orden social, educativo y político. Guerras, pobreza, apartheid, sequías, inundaciones... Objetos tangibles e intangibles. Todos estos, resultando terriblemente dañinos -o terriblemente vergonzantes- para nuestro futuro próximo. Pero nunca ninguno de nuestros males ha yacido tan encubierto y postizamente pacífico como el consumismo que asola las filas del primer mundo. El consumismo empobrece al individuo, destruye el factor social y, en ocasiones, acaba con las aspiraciones educativas; o peor aún,  las enaltece en extremo, impulsando la competitividad y ensanchando las barreras culturales y personales. El consumismo desarticula a la persona y pervierte la mente colectiva, nos insensibiliza ante la perspectiva de alcanzar nuestras aspiraciones. Nos deshumaniza y nos hace irracionales. Y parece que, en mi caso, más intensitos de la cuenta.

La pequeña Mija (An Seo Hyun) ha convivido desde la infancia como cuidadora de Okja, un gigantesco animal con la que comparte una fiel amistad en las montañas de Corea del Sur. Todo cambiará cuando la gran multinacional Mirando Corporation se lleve a Okja para trasladarla a Nueva York, donde la narcisista ejecutiva Lucy Mirando (Tilda Swinton) tiene grandes planes para la compañera de Mija. Esta viajará a Estados Unidos en una misión de rescate mientras su camino se cruza con el de activistas (Paul Dano, Lilly Collins,  Steven Yeun), consumidores y grupos capitalistas.

Bong Joon-Hoo lleva demostrando en sus últimos proyectos ser un empecinado enemigo del capitalismo, y por lo tanto de una de sus más inmediatas consecuencias: el consumismo, en una persistente construcción de sus historias alrededor de un sector minoritario y humilde, perpetuamente arrasado por tal maquinaria. Antihéroes sencillos que luchan siempre, inconscientemente, por unos ideales que únicamente son suyos en segundo plano. Sacrificándose por razones exclusivas a sí mismos, pero que siempre les sitúa como la punta de los dardos envenenados que tanto le gusta lanzar al director contra el colectivo, resultando victoriosos de una forma fatalista ante una sociedad o un gobierno que, al final, siempre acaba por controlar sus derroteros.

'OKJA' no es para menos, sigue a pies juntillas el fundamento de su filmografía, pero subvirtiendo la figura del antihéroe hacia la de una inmaculada heroína. Mija es todo lo que no suele ser un personaje de Joon-Ho: resuelta, bondadosa, inocente, capaz... Junto a Okja -desde ya una de las criaturas más grotescamente adorables del cine-, forma un tándem sólido y para nada artificioso. Okja vive y respira. Su acabado visual quita el aliento, ya sea en primeros o medios planos. En cualquier secuencia Okja se contempla como un ser de carne y hueso. Más allá de eso, se siente como un ser de carne y hueso.

Con este reciente trabajo, el director se ve por fin realmente inmerso en el naturalismo, consolidándose como el más izquierdista de sus compatriotas, trayendo, sin lugar a dudas, la cinta más ecológica, removedora de conciencias y activista del año.


OKJA

Bong Joon-Hoo nos engaña desde el principio. Sabemos que 'OKJA' va a tener algo especial, pero intuimos que dentro de una historia habitual, de estándares desenfadados  que conduzcan al clásico lavado de conciencia. Desde luego no nos prepara para el gran y deliberado cambio de tono tras su primera mitad, que prácticamente la convierten en un arquetipo para el cine de conveniencia política. La sensible aventura que vivimos al principio, de humor desenfadado y algo slapstick pronto corrompe en un drama extremo y descarnado; del que deja mal cuerpo. La trama retuerce las desmesuradas influencias del Studio Ghibli, para envolver al libreto de una emotividad comparable a la del maestro Miyazaki, pero siendo infinitamente más descorazonadora de lo que este acostumbra. Bong Joon-Hoo nos hace partícipes directos de la narrativa, como espectadores partimos de un terreno virgen, pero al igual que los personajes de Mija y Okja, en cuanto nos adentramos en las metálicas entrañas del viciado capitalismo, nos damos de bruces con la tremenda y terrible realidad. Una realidad que tiene mucho de nosotros mismos.

En primeras tomas ya lo deja claro, la historia comienza en una fábrica destartalada, óxido y herrumbre pueblan el lugar, en medio, un escenario, delante del escenario, focos y periodistas. Lucy Mirando aparece junto a modernas pantallas luciendo un discurso tan extravagante como su estilismo. Alude apresurada y jocosamente a las condiciones del lugar, para luego centrarse con celeridad en vender su producto. Los periodistas, buscando la noticia, no parecen ser conscientes del escenario que les rodea. Una alegoría poco sutil, ¿verdad? Nada más lejos, esta es precisamente la cualidad que Bong Joon-Hoo ha demostrado con mayor acierto. 

La caricaturesca universal de sus villanos es un fiel reflejo de nuestros días, en el que la imagen, la aceptación del público, el espectáculo y la acumulación de riqueza rigen el temperamento de las masas. Su mayor exponente es Lucy Mirando que, cual Donald Trump, envía un discurso cargado de florituras y teatralidad pero sencillo y embaucador, discurso que remata con una oportuna frase malsonante, cuyo efecto, en vez de granjear miradas de extrañeza, alza un vítor entre sus oyentes. O aquellas hermanas, que odiándose mutuamente, esconden un hipocritismo que no les permite admitir que ambas son dos caras de la misma moneda. El pragmatismo cínico de una, y la alegre indiferencia de la otra conducen a un mismo objetivo. Ambas se amparan en la modernidad, en suprimir el pasado y competir continuamente por alejarse de la sombra de su padre, sin admitir que no sólo quieren convertirse en este, sino superarle.


OKJA

En estas situaciones, se pone de relieve la forma en que Joon- Ho ejerce la dirección, entre un excentrismo exacerbado -tanto como el papel de Gyllenhaal- y una elegancia sensibilizada -al igual que el trabajo de Paul Dano-, en una frenética sucesión de secuencias de infantil festividad, acción alocada, aventura y drama, bañadas estas por una inalterable crítica continua en la que retuerce sin previo aviso todas ellas. Se compromete con su mensaje para abandonarlo en pos de la diversión desacomplejada, retomando este más adelante sin dirimir el conjunto bajo ninguna circunstancia y dotando de fluidez, seriedad y credibilidad a aquello que no debería poseer ninguna de estas características.

En el coral reparto, tenemos como protagonista a la pequeña An Seo Hyun dando vida de forma sobresaliente  a Mija, a un Paul Dano -como siempre- de excelencia, y a unos por desgracia demasiado superficiales -pero efectivos, al igual que todo secundario en el film- Steven Yeun y Lilly Collins. En contra, tenemos las actuaciones más endebles de la cinta: una perezosa Tilda Swinton, que recuerda demasiado a anteriores caracterizaciones y, con todo el dolor de mi corazón, un Jake Gyllenhaal demasiado desatado interpretando a un personaje circunstancial en una actuación demasiado estrafalaria y fuera de lugar. Uno de los mayores achaques del film. Pero, bueno, es delicioso verle hacer lo que le da la santísima gana en pantalla, aunque casi resulte irritable.

En definitiva, 'OKJA' no es una película perfecta, algunos de sus temas carecen de fuerza frente a otros y su continuo cambio de tonalidad llega a resultar confuso. Todo resulta ser un adorno entre el bellísimo tramo inicial y sus intensos momentos finales. No, 'OKJA' no es perfecta, pero es más que eso, es necesaria y relevante, tiene impacto y ataca a la conciencia global. Alcanza un gran logro: cumplir los objetivos que se plantea, y transmitir exactamente lo que pretende. 

En un ambiente de pura magia, malabarea con gran cantidad de temas, resultando propicia su manera de enfrentar la gran oscuridad que rodea su historia con pequeños resquicios de luz que hacen que todo merezca la pena. Donde la relación de Mija y Okja -una criatura completamente antinatural- se emplaza como último idílico reducto en oposición a la madurez de un mundo inclemente, cuya resignación en la microfelicidad en la honestidad de la naturaleza es el mayor y único nirvana existente. Aleccionando sobre que las grandes victorias son inalcanzables pero que hay que tratar de luchar por ellas, pues es ahí donde hallamos los pequeños éxitos, que son los que realmente valoramos.

A ver cómo, hipócrita de mí, vuelvo a ser capaz de disfrutar de una barbacoa en condiciones...

La puedes ver en...

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